Redolosi Gabinete de Psicología en Cádiz

Relato: Una visita inesperada

Relato: Una visita inesperada

UNA VISITA INESPERADA

         Hace unos años, un incómodo huésped llegó a nuestra vida. Como ocurre normalmente, apareció sin avisar y no teníamos nada preparado, ni sabíamos cómo acogerlo.

Aceptarlo es lo primero que se me vino a la mente, especialmente porque llevaba unos meses leyendo sobre la tolerancia al malestar y a la frustración en la vida y el efecto beneficioso que tiene en quienes la practican. Así que, sin pensarlo mucho, empecé a admitirlo como un nuevo miembro en mi familia, que nos acompañaría durante unos meses. Intuí que con su compañía aprenderíamos bastante.

La gente que no lo conoce se asusta cuando lo nombro o me miran con dramatismo, como si se empeñaran en que tengo que estar mal. Cohabitar con alguien desconocido suele provocar inquietud y ellos no entienden cómo consigo ser feliz con este inquilino en casa. Les contesto que no reprimo el dolor y que al no rechazar lo que siento estoy evitando el sufrimiento. Una vez leí, que el dolor puede hacernos un agujero, pero a través de él podemos ver el cielo. Como decía Buda, el dolor es inevitable, sin embargo, el sufrimiento es opcional. Y eso depende en buena medida de nuestra actitud. Siento que se marchan sin entenderme del todo. En cambio, los que ya convivieron con él me comprenden a la primera. Saben que nuestra postura ante su existencia condicionará en gran medida nuestra experiencia.

El invitado convive más con Lucas, mi marido, que con los demás miembros de la familia, mas su presencia nos repercute también a todos. Formamos una misma unidad y la reacción de uno implica a los otros.
Mis hijos Samuel y Marta e incluso la perrita Chispa están notando algunos cambios. Especialmente porque mi marido pasa más tiempo en cama y su aspecto está cambiando. Desde que llegó hemos alterado algunos roles y estamos haciendo funciones que antes no solíamos hacer.

Una tarde, Lucas y yo, decidimos hablar con los niños sobre nuestro nuevo inquilino para despejar sus incertidumbres y responder a sus interrogantes y miedos. Lo hicimos de una forma sencilla y transmitiéndoles tranquilidad. Esta conversación nos benefició enormemente a todos.

          Han pasado unos meses y hay días que el visitante hace mucho ruido y nos provoca enfados y confusiones. Intentamos seguir adelante. Imaginamos que es un camino que hay que recorrer y ahora estamos en todo el centro, en la parte más difícil. Confiar en que hay un final nos aporta la fuerza necesaria para continuar. La ayuda externa también nos reconforta. Buscamos cualquier recurso que nos haga más transitable el camino.

          No puedo negar que a veces sienta tristeza, aunque Alicia, una joven psicoterapeuta, especialista en psicooncología, me explica que esto forma parte del proceso, que son emociones de adaptación a la nueva situación. Me ha aclarado que esos síntomas no son alarmantes ahora, en cambio, si llegan a ser muy intensos o se mantienen más del tiempo previsto habría que indagar qué está pasando dentro de mí. Voy a verla cada quince días y me hace mucho bien. Vamos interiorizando en mis emociones y profundizamos en mi pasado para ver cómo he resuelto otras situaciones complicadas de mi vida. Me está enseñando a sacar lo mejor de mí, a potenciar esos recursos internos que todos tenemos, pero que desconocemos la mayor parte del tiempo.

Ayer, tuve una sesión con ella y la palabra resiliencia envolvió casi toda la hora. Resiliente es la persona que ante la adversidad desarrolla una capacidad para afrontar las situaciones difíciles de forma constructiva, permitiéndole seguir adelante disfrutando más de su ser y de la vida.

          Han pasado seis meses desde la llegada y caminamos más ligeros que semanas atrás. Hemos comprobado que se puede ser muy feliz con un linfoma en casa. Hemos pasado momentos complicados, pero ahora estamos bien, muy bien. Lo cierto es que al principio cuestan los cambios, pero la normalidad llega con toda su fuerza y nos hace encajar nuestra nueva situación. La vida se torna como siempre, con las rutinas diarias, las citas, le colegio, los trabajos, las cosas por hacer, pero ahora hay algo diferente y es que apreciamos más el tiempo. Cuando podemos intentamos hacer actividades o simplemente disfrutamos de dónde y con quiénes estamos. Esto ya lo sabíamos, sin embargo, ahora lo hacemos diariamente y con más conciencia. Esto se lo debemos a él.

            Desde que aprendimos a vivir en el aquí y ahora la infelicidad se disipó o por lo menos perdura muy poco en nuestro estado anímico. Cuando somos conscientes de lo que estamos haciendo en el presente, no tenemos tiempo ni capacidad para pensar en más allá, por lo que no albergamos ningún pensamiento futuro sobre las consecuencias de vivir con la enfermedad. Después de lo pasado, ¿qué vamos a temer? Me siento contenta, al final nuestro inquilino se presentó en nuestro hogar para hacernos más felices…

Llegó el momento de la despedida. Esperemos que no se quede más tiempo del previsto, aunque si así fuera emergerían de nosotros otras fuerzas que nos invitarían a enfrentar la nueva realidad. De todas formas, y según lo que dicen los médicos, creemos que estará lo suficiente para aprender de su compañía. Ni un día más, ni uno menos.

         Ya no está, hemos ido al hospital y nos han explicado que se marchó. Creen que no volverá a venir. Tenemos una sensación extraña, aunque felices.

          Han pasado cinco años desde que nos visitó aquel inquietante inquilino, y desde entonces, no ha vuelto a casa. Lo recordamos. Lo tenemos presente. Ha sido mucho y valioso lo que nos enseñó.

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